Presentación
Politécnico San Ignacio de
Loyola (Fe y Alegría).
Nombre: Yodali A.
Jerez Jerez.
#:12.
Curso:5toB.
Materia:F.I.HyR
Fasilitadora:Ilvania.
Tema:«Trayectoria
de la vida de Jesús , actos o milagros realizados por el al pasar por la
tierra».
Fecha entr:15/11/2016.
Jesús o Jesucristo
(Jesús
o Cristo; Belén, h. 6 a. C. - Jerusalén, h. 30 d. C.) Predicador judío fundador
de la religión cristiana, a quien sus seguidores consideran el hijo de Dios. El
nombre de Cristo significa en griego «el ungido» y viene a ser
un título equivalente al de Mesías.
La vida de Jesús
está narrada en los Evangelios redactados por algunos de los primeros
cristianos. Establecidos en Nazaret, sus padres, José y María, se encontraban
accidentalmente en Belén para inscribirse en un censo de población cuando nació
Jesús. El relato evangélico rodea el nacimiento de Jesús de una serie de
prodigios que forman parte de la fe cristiana, como la genealogía que le hace
descender del rey David, la virginidad de María, la anunciación del
acontecimiento por un ángel y la adoración del recién nacido por los pastores y
por unos astrónomos de Oriente.

El Bautismo de Jesús (1655), de Murillo
Aunque
la civilización cristiana fijó la cuenta de los años a partir del supuesto
momento de su nacimiento (con el que daría comienzo el año primero de nuestra
era), se sabe que en realidad nació un poco antes, pues fue en tiempos del rey
Herodes, que murió en el año 4 a.C. Fueron precisamente las persecuciones de Herodes las
que llevaron a la humilde familia, después de la circuncisión de Jesús, a
refugiarse temporalmente en Egipto hasta que el fallecimiento del monarca les
permitió regresar. Por lo demás, la infancia de Jesucristo transcurrió con
normalidad en Nazaret, donde su padre trabajaba de carpintero.
Hacia los treinta
años inició Jesucristo su breve actividad pública incorporándose a las
predicaciones de su primo Juan el Bautista. Tras escuchar sus sermones, Jesús
se hizo bautizar en el río Jordán, momento en que Juan lo señaló como
encarnación del Mesías prometido por Dios a Abraham. Juan, que había censurado
las escandalosas segundas nupcias de Herodías con Herodes Antipas, hijo y
sucesor del rey Herodes, fue pronto detenido y luego decapitado a instigación
de Herodías y de su hija Salomé.
Tras el bautismo y
un retiro de cuarenta días en el desierto, Jesucristo comenzó su predicación.
Se dirigió fundamentalmente a las masas populares, entre las cuales reclutó un
grupo de fieles adeptos (los doce apóstoles), con los que recorrió Palestina.
Predicaba una revisión de la religión judía basada en el amor al prójimo, el
desprendimiento de los bienes materiales, el perdón y la esperanza de vida
eterna; el llamado Sermón de la montaña, con sus admirables bienaventuranzas,
es la mejor síntesis de su mensaje.

El Sermón de la montaña (1877), de Carl Bloch
Su enseñanza
sencilla y poética, salpicada de parábolas y anunciando un futuro de salvación
para los humildes, halló un cierto eco entre los pobres. Su popularidad se
acrecentó cuando corrieron noticias sobre los milagros que le atribuían sus
seguidores, considerados como prueba de los poderes sobrenaturales de
Jesucristo. Esta popularidad, unida a sus acusaciones directas contra la
hipocresía moral de los fariseos, acabaron por preocupar a los sacerdotes y
autoridades judías.
Jesús fue denunciado ante el
gobernador romano, Poncio Pilatos, por haberse proclamado públicamente Mesías y
rey de los judíos; si lo primero era cierto, y reflejaba un conflicto de la
nueva fe con las estructuras religiosas tradicionales del judaísmo, lo segundo
ignoraba el hecho de que la proclamación de Jesús como rey era metafórica:
aludía únicamente al «reino de Dios» y no ponía en cuestión los poderes políticos
constituidos.
Consciente de que se
acercaba su final, unos días antes de Pascua se dirigió a Jerusalén, donde a su
entrada fue aclamado por la multitud, y expulsó a los mercaderes del Templo.
Jesús celebró una última cena para despedirse de sus discípulos; luego fue
apresado mientras rezaba en el Monte de los Olivos, al parecer debido a la
traición de uno de ellos, llamado Judas, que indicó a los
sacerdotes del Sanedrín el lugar idóneo para capturarle.
Comenzaba así la Pasión de Cristo, que le
llevaría a la muerte tras sufrir múltiples penalidades; con ella daba a sus
discípulos un ejemplo de sacrificio en defensa de su fe, que éstos asimilarían
exponiéndose al martirio durante la época de persecuciones que siguió. Jesús
fue torturado por Pilatos, quien, sin embargo, prefirió dejar la suerte del reo
en manos de las autoridades religiosas locales; éstas decidieron condenarle a
la muerte por crucifixión. La cruz, instrumento de suplicio usual en la época,
se convirtió después en símbolo básico de la religión cristiana.

Detalle del Cristo crucificado (c. 1632) de Velázquez
Los Evangelios
cuentan que Jesucristo resucitó a los tres días de su muerte y se apareció
diversas veces a sus discípulos, encomendándoles la difusión de la fe; cuarenta
días después, según los Hechos de los Apóstoles, ascendió a los
cielos. Judas se suicidó, arrepentido de su traición, mientras los apóstoles
restantes se esparcían por el mundo mediterráneo para predicar la nueva
religión. Uno de ellos, Pedro, quedó al frente de
la Iglesia o comunidad de los creyentes cristianos, por decisión del propio
Jesucristo. Pronto se incorporarían a la predicación nuevos conversos, entre
los que destacó Pablo de Tarso, que impulsó la
difusión del cristianismo más allá de las fronteras del pueblo judío.
La obra de Pablo hizo
que el cristianismo dejara de ser una secta judía cismática y se transformara
en una religión universal, que se expandió hasta los confines del Imperio
Romano hasta convertirse en el siglo IV en la confesión oficial por obra del
emperador Constantino. A partir del siglo
XV, con la era de los descubrimientos europeos, se difundió por el resto del
mundo, siendo en nuestros días la religión más extendida de la humanidad, si
bien se encuentra dividida en varias Iglesias, como la católica romana, la
ortodoxa griega y las diversas protestantes.
MILAGROS
Un milagro es un efecto perceptible a los sentidos que sobrepasa los
poderes de la naturaleza y de todo ser creado. Es por lo tanto una acción que
solo puede ser de Dios y tiene como fin dar testimonio de la verdad.
La creación está siempre bajo la guía providente de Dios. Aunque
generalmente realiza su obra valiéndose de las leyes que El mismo puso en
la naturaleza, no está limitado a ellas.
Las Sagradas Escrituras, ya desde el Antiguo Testamento nos relatan
muchos milagros (Moisés divide las aguas, Ex 14:21). Los mas importantes son
los que hizo Jesucristo. Sus milagros manifiestan que El es verdaderamente
Dios, ya que los hacía con su propio poder.
Milagros de Jesús
Los milagros de Jesús pueden dividirse en cinco grupos: 1 -Sobre la naturaleza, 2-De curación física, 3-De liberación demoníaca, 4-Victorias sobre voluntades hostiles y 5- Resurrecciones
Los milagros de Jesús pueden dividirse en cinco grupos: 1 -Sobre la naturaleza, 2-De curación física, 3-De liberación demoníaca, 4-Victorias sobre voluntades hostiles y 5- Resurrecciones
Milagros sobre la naturaleza: 9
Cambia el agua en vino en Cana (Jn 2).
Primera pesca milagrosa (Lc 5).
Calma la Tempestad (Mt 8; Mc 4; Lc 8).
Primera multiplicación de panes (Mt 14; Mc 6; Lc 9; Jn 6).
Camina sobre las aguas (Mt 14; Mc 6; Jn 6).
Segunda multiplicación de panes (Mt 15; Mc 8).
La moneda aparece en el pez (Mt 17:27).
Maldición de la higuera (Mt 21; Mc 1l).
Segunda pesca milagrosa (Jn 21).
Milagros de curación física
Jesús hizo muchísimas sanaciones milagrosas en su vida pública. Hay
referencias en los Evangelios a muchas curaciones que no son relatadas en
detalle (Mt 4; Lc 4, 6; Mc 6), pero si se relatan 20 curaciones:
·
El hijo de un funcionario real (Jn 4).
·
La suegra de Pedro (Mt 8; Mc 1; Lc 4).
·
El leproso (Mt 8; Mc 1; Lc 5).
·
El paralítico (Mt 9; Mc 2; Lc 5).
·
El paralítico de Betesda (Jn 5).
·
Hombre de la mano paralizada (Mt 12; Mc 3; Lc 6).
·
El sirviente del Centurión (Mt 8; Lc 7).
·
El ciego (Mt 12; Lc 11).
·
La Hemorroísa (Mt 9; Mc 5; Lc 8).
·
Dos ciegos (Mt 9).
·
Endemoniado mudo (Mt 9).
·
El sordomudo (Mc 7).
·
Ciego de Betesda (Mc 8).
·
Niño lunático (Mt 17; Mc 9; Lc 9).
·
Ciego de nacimiento (Jn 9).
·
Mujer encorvada por espíritu inmundo (Lc 13:10-13).
·
Hombre hidrópico (Lc 14:1-4).
·
Diez leprosos (Lc 17).
·
Ciego de Jericó (Mt 20; Mc 10; Lc 18).
·
El siervo que perdió la oreja (Lc 22:51).
Milagros de liberación de endemoniados (exorcismos con manifestaciones
físicas).
Las formulas generales para exorcizar (Mc 1) y el pasaje de Mt 8: 16 -"le trajeron muchos endemoniados"- demuestran que endemoniados eran numerosos en la vida pública de Jesús. Algunos casos fueron contados con detalle. Algunos de estos incluyen también curación física y por eso aparecen en la lista de arriba.
Las formulas generales para exorcizar (Mc 1) y el pasaje de Mt 8: 16 -"le trajeron muchos endemoniados"- demuestran que endemoniados eran numerosos en la vida pública de Jesús. Algunos casos fueron contados con detalle. Algunos de estos incluyen también curación física y por eso aparecen en la lista de arriba.
·
Endemoniado en Capernaum (Mc 1; Lc 4).
·
Sordomudo (Mt 12; Lc 1 l).
·
Geraseno (Mt 8; Mc 5; Lc 5).
·
Endemoniado mudo (Mt 9).
·
Hija de la mujer Syro-Fenicia (Mt 15; Mc 7).
·
Niña lunática (Mt 17; Mc 9; Lc 9).
·
Mujer encorvada por espíritu inmundo (Lc 13:10-13).
Victoria de Jesús sobre voluntades hostiles
En algunos casos en los que Jesucristo ejerció poder extraordinario sobre sus enemigos no está claro si fue por intervención de poder divino o por los efectos naturales de la ascendencia de su extraordinaria voluntad humana sobre la de aquellos hombres. En Jn7:30, 44; 8:20 los judíos no lo arrestan porque la hora no había llegado. En Jn 8:59, no lo arrestan porque se escondió. Hay dos casos en que parece que se trata del ejercicio de su poder: 1.Cuando saca los vendedores del Templo (Jn 2; Mt 21; Mc 11; Lc 19); 2. El episiodio de su escape de la turba hostil en Nazaret (Lc 4).
En algunos casos en los que Jesucristo ejerció poder extraordinario sobre sus enemigos no está claro si fue por intervención de poder divino o por los efectos naturales de la ascendencia de su extraordinaria voluntad humana sobre la de aquellos hombres. En Jn7:30, 44; 8:20 los judíos no lo arrestan porque la hora no había llegado. En Jn 8:59, no lo arrestan porque se escondió. Hay dos casos en que parece que se trata del ejercicio de su poder: 1.Cuando saca los vendedores del Templo (Jn 2; Mt 21; Mc 11; Lc 19); 2. El episiodio de su escape de la turba hostil en Nazaret (Lc 4).
Resurrecciones
Jesús respondio a los enviados de Juan Bautista: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva" (Mt 11; Lc 7). La forma general en que habla de resurrecciones hace pensar que Jesus resucitó a muchos mas de los tres que no aparecen en el Evangelio:
Jesús respondio a los enviados de Juan Bautista: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva" (Mt 11; Lc 7). La forma general en que habla de resurrecciones hace pensar que Jesus resucitó a muchos mas de los tres que no aparecen en el Evangelio:
·
Hija de Jairo (Mt 9; Mc 5; Lc 5).
·
Hijo de la viuda de Naim (Lc 7).
El primer milagro que nos relata el Evangelio, Las Bodas de Caná (Jn 2),
ocurrió por intercesión de la Virgen María. La Virgen también estaba con los
Apóstoles en Pentecostés, cuando se derramó el Espíritu Santo y se dieron
muchos portentos milagrosos. La intercesión de la Virgen no se ha interrumpido
en la historia de la Iglesia, mas bién en estos últimos tiempos está en aumento
como lo demuestran apariciones y milagros por todo el mundo. La Iglesia
no aprueba oficialmente sino unas pocas, pero estas son suficientes para
demostrar que La Virgen María sigue haciendo milagros. Ver: Los milagros de Lourdes, El Milagro del Sol en Fátima, La Rosa Mística... Sección de apariciones Marianas
Milagro de Gracia
Una extraordinaria conversión repentina e inesperada, de la ignorancia a la fe, de la duda a la certeza, del pecado a la santidad. No es por causas naturales sino por la intervención de la gracia divina, especial e inmerecida, mas allá de la obra ordinaria de la Providencia. Ejemplos: San Pablo; Ratisbone.
Una extraordinaria conversión repentina e inesperada, de la ignorancia a la fe, de la duda a la certeza, del pecado a la santidad. No es por causas naturales sino por la intervención de la gracia divina, especial e inmerecida, mas allá de la obra ordinaria de la Providencia. Ejemplos: San Pablo; Ratisbone.
Audiencia general de SS Juan Pablo II, 18 de noviembre, de 1987.
1. Si observamos atentamente los "milagros, prodigios y
señales" con que Dios acreditó la misión de Jesucristo, según las palabras
pronunciadas por el Apóstol Pedro el día de Pentecostés en Jerusalén,
constatamos que Jesús, al obrar estos milagros y señales, actuó en nombre
propio, convencido de su poder divino, y, al mismo tiempo, de la más íntima
unión con el Padre.
Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del
"Hijo del hombre - Hijo de Dios", cuyo Yo transciende todos los
límites de la condición humana, aunque a ella pertenezca por libre elección, y
todas las posibilidades humanas de realización e incluso de simple
conocimiento.
2. Una ojeada a algunos acontecimientos particulares; presentados por
los evangelistas, nos permite darnos cuenta de la presencia arcana en cuyo
nombre Jesucristo obra sus milagros. Helo ahí cuando, respondiendo a las
súplicas de un leproso, que le dice: "Si quieres, puedes limpiarme",
El, en su humanidad, "enternecido", pronuncia una palabra de orden
que, en un caso como aquél, corresponde a Dios, no a un simple
hombre:"Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó
limpio" (cfr. Mc 1, 40-42).
Algo semejante encontramos en el caso del paralítico que fue bajado por
un agujero realizado en el techo de la casa: "Yo te digo... levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa" (cfr. Mc 2, 11-12). Y también: en el
caso de la hija de Jairo leemos que "El (Jesús)...tomándola de la mano, le
dijo: «Talitha qumi», que quiere decir: «Niña, a ti te lo digo, levántate». Y
al instante se levantó la niña y echó a andar" (Mc 5, 41-42). En el caso
del joven muerto de Naín: "Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el
muerto y comenzó a hablar" (Lc 7, 14-15).
¡En cuántos de estos episodios vemos brotar de la palabras de Jesús la
expresión de una voluntad y de un poder al que El se apela interiormente y que
expresa, se podría decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su
condición más íntima, el poder de dar a los hombres la salud, la curación e
incluso la resurrección y la vida!
3. Un atención particular merece la resurrección de Lázaro, descrita
detalladamente por el cuarto Evangelista. Leemos: "Jesús, alzando los ojos
al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que
siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que
crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte voz Lázaro, sal
fuera. Y salió el muerto" (Jn 11, 41-44).
En la descripción cuidadosa de este episodio se pone de relieve que
Jesús resucitó a su amigo Lázaro con el propio poder y en unión estrechísima
con el Padre. Aquí hallan su confirmación las palabras de Jesús: "Mi Padre
sigue obrando todavía, y por eso obro yo también" (Jn 5,17), y tiene una
demostración, que se puede decir preventiva, lo que Jesús dirá en el Cenáculo,
durante la conversación con los Apóstoles en la última Cena, sobre sus
relaciones con el Padre y, más aún, sobre su identidad sustancial con El.
4. Los Evangelios muestran con diversos milagros y señales cómo el poder
divino que actúa en Jesucristo se extiende más allá del mundo humano y se
manifiesta como poder de dominio también sobre las fuerzas de la naturaleza.
Es significativo el caso de la tempestad calmada: "Se levantó un
fuerte vendaval". Los Apóstoles pescadores asustados despiertan a Jesús
que estaba durmiendo en la barca. El "despertado, mandó al viento y dijo
al mar: Calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa calma... Y
sobrecogidos de gran temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta
el viento y el mar le obedecen?" (cfr. Mc 4, 37-41). En este orden de
acontecimientos entran también las pescas milagrosas realizadas, por la palabra
de Jesús (in verbo tuo), después de intentos precedentes malogrados (cfr. Lc 5,
4:6; Jn 21, 3:6).
Lo mismo se puede decir, por lo que respecta a la estructura del
acontecimiento, del "primer signo" realizado en Caná de Galilea,
donde Jesús ordena a los criados llenar las tinajas de agua y llevar después
"el agua convertida en vino' al maestresala" (cfr. Jn 2, 7-9). Como
en las pescas milagrosas, también en Caná de Galilea, actúan los hombres: los
pescadores, apóstoles en un caso, los criados de las bodas en otro, pero está
claro que el efecto extraordinario de a acción no proviene de ellos, sino de
Aquel que les ha dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder
divino. Esto queda confirmado por la reacción de los Apóstoles, y
particularmente de Pedro, que después de la pesca milagrosa "se postró a
los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy un pecador"
(Lc 5,8). Es uno de tantos casos de emoción que toma la forma de temor
reverencial o incluso miedo, ya sea en los Apóstoles, como Simón Pedro, ya sea
en la gente, cuando se sienten acariciados por el ala del misterio divino.
5. Un día, después de a ascensión, se sentirán invadidos por un
"temor" semejante los que vean los "prodigios y señales"
realizados "por los Apóstoles" (cfr. Hech 2, 43). Según el libro de
los Hechos, la gente sacaba "a las calles los enfermos, poniéndolos en
lechos y camillas, para que, llegando Pedro, siquiera su sombra los
cubriese"(Hech 5, 15). Sin embargo, estos "prodigios y señales",
que acompañaban los comienzos de la Iglesia apostólica, eran realizados por los
Apóstoles no en nombre propio, sino en el nombre de Jesucristo, y eran una
confirmación ulterior de su poder divino.
Uno queda impresionado cuando lee la respuesta y el mandato de Pedro al
tullido que le pedía una limosna junto a la puerta del templo de Jerusalén:
"No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo
Nazareno, anda. Y tomándole de la diestra, le levantó, y al punto sus pies y
sus talones se consolidaron" (Hech 3, 6-7). O, lo que es lo mismo, Pedro
dice a un paralítico de nombre Eneas: "Jesucristo te sana; levántate y
toma tu camilla. Y al punto se irguió" (Hech 9, 34).
También el otro Príncipe de los Apóstoles, Pablo, cuando recuerda en la
Carta a los Romanos lo que él ha realizado "como ministro de Cristo entre
los paganos", se apresura a añadir que en aquel ministerio consiste su
único mérito: "No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado
por mí para la obediencia (de la fe) de los gentiles, de obra o de palabra, mediante
el poder de milagros y prodigios y el poder del Espíritu Santo" (15,
17-19).
6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta
evangelización del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos
"milagros, prodigios y señales", como el mismo Jesús les había
prometido (cfr. Hech 2, 22). Pero se puede decir que éstos se han repetido
siempre en la historia de la salvación, especialmente en los momentos decisivos
para la realización del designio de Dios. Así fue ya en el Antiguo Testamento
con relación al Éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto y a la marcha hacia
la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación del
Hijo de Dios, llegó "la plenitud de los tiempos" (Gal 4, 4), estas
señales milagrosas del obrar divino adquieren un valor nuevo y una eficacia
nueva por a autoridad divina de Cristo y por la referencia a su Nombre (y, por
consiguiente, a su verdad, a su promesa, a su mandato, a su gloria) por el que
los Apóstoles y tantos santos los realizan en la Iglesia.
También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro
del Hijo del hombre-Hijo de Dios y se afirma en ellos un don de gracia y de
salvación
Audiencia general de SS Juan Pablo II el 9 de diciembre, de 1987.
1. "Signos" de la omnipotencia divina y del poder salvífico
del Hijo del hombre, los milagros de Cristo --narrados en los Evangelios-- son
también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia
el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón,
la piedad. Son, pues, "signos" del amor misericordioso proclamado en
el Antiguo y Nuevo Testamento (cfr. Encíclica Dives in misericordia).
Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender y casi
"sentir" que los milagros de Jesús tienen su fuente en el corazón
amoroso y misericordioso de Dios que vive y vibra en su mismo corazón humano.
Jesús los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo: el mal
físico, el mal moral, es decir, el pecado, y, finalmente, a aquél que es
"padre del pecado" en la historia del hombre: a Satanás.
Los milagros, por tanto, son "para el hombre". Son obras de
Jesús que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el
bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los
reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que,
según San Marcos, "...sobremanera se admiraban, diciendo: «'Todo lo ha
hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar»!" (Mc 7, 37: 2).
Un estudio atento de los textos evangélicos nos revela que ningún otro
motivo, a no ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso, puede
explicar los "milagros y señales" del Hijo del hombre. En el Antiguo
Testamento, Elías se sirve del "fuego del cielo" para confirmar su
poder de profeta y castigar la incredulidad (cfr. 2 Re 1, 10). Cuando los
Apóstoles Santiago y Juan intentan inducir a Jesús a que castigue con
"fuego del cielo" a una aldea samaritana que les había negado hospitalidad,
El les prohibió decididamente que hicieran semejante petición. Precisa el
Evangelista que, "volviéndose Jesús, los reprendió" (Lc 9, 55).
(Muchos códices y la Vulgata añaden: "Vosotros no sabéis de qué espíritu
sois. Porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres,
sino a salvarlas"). Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para
castigar a nadie, ni siquiera los que eran culpables.
3. Significativo a este respecto es el detalle relacionado con el
arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pedro se había prestado a defender
al Maestro con la espada, e incluso "hirió a un siervo del pontífice,
cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Marco" (Jn 18, 10).
Pero Jesús le prohibió empuñar la espada. Es más, "tocando la oreja, lo
curó" (Lc 22, 51).Es esto una confirmación de que Jesús no se sirve de la
facultad de obrar milagros para su propia defensa. Y confía a los suyos que no
pide al Padre que le mande "más de doce legiones de ángeles" (cfr. Mt
26, 53) para que lo salven de las insidias de sus enemigos.
Todo lo que El hace, también en la realización de los milagros, lo hace
en estrecha unión con el Padre. Lo hace con motivo del reino de Dios y de la
salvación del hombre. Lo hace por amor.
4. Por esto, y al comienzo de su misión mesiánica, rechaza todas las
"propuestas" de milagros que el Tentador le presenta, comenzando por
la del trueque de las piedras en pan (cfr. Mt 4, 31). El poder de Mesías se le
ha dado no para fines que busquen sólo el asombro o al servicio de la
vanagloria. El que ha venido "para dar testimonio de la verdad"(Jn
18, 37), es más, el que es "la verdad" (cfr. Jn 14, 6), obra siempre
en conformidad absoluta con su misión salvífica.
Todos sus "milagros y señales" expresan esta conformidad en el
cuadro del "misterio mesiánico" del Dios que casi se ha escondido en
la naturaleza de un Hijo del hombre, como muestran los Evangelios,
especialmente el de Marcos. Si en los milagros hay casi siempre un relampagueo
del poder divino, que los discípulos y la gente a veces logran aferrar, hasta
el punto de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios, de la misma manera
se descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son las dotes
más visibles del "Hijo del hombre".
5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez,
y se podría decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús. Desde este
punto de vista pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan a la
resurrección de la hija de Jairo: "La niña no ha muerto, duerme" (Mc
5 39), como si quisiera "quitar importancia" al significado de lo que
iba a realizar. Y, a continuación, añade: "Les recomendó mucho que nadie
supiera aquello" (Mc 5, 43).
Así hizo también en otros casos, por ejemplo, después de la curación de
un sordomudo (Mc 7, 36), y tras la confesión de fe de Pedro (Mc 8, 29-30). Para
curar al sordomudo es significativo el hecho de que Jesús lo tomó "aparte,
lejos de la turba". Allí, "mirando al cielo, suspiró". Este
"suspiro" parece ser un signo de compasión y, al mismo tiempo, una
oración. La palabra "efeta" ("¡abrete!") hace que se abran
los oídos y se suelte "la lengua" del sordomudo (cfr. 7, 33:35).
6. Si Jesús realiza en sábado algunos de sus milagros, lo hace no para
violar el carácter sagrado del día dedicado a Dios sino para demostrar que este
día santo está marcado de modo particular por la acción salvífica de Dios.
"Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también" (Jn 5,
17). Y este obrar es para el bien del hombre; por consiguiente, no es contrario
a la santidad del sábado, sino que más bien la pone de relieve: "El sábado
fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el sábado. Y el dueño el
sábado es el Hijo del hombre" (Mc 2, 27-28).
7. Si se acepta la narración evangélica de los milagros de Jesús (y
no hay motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio contra lo sobrenatural)
no se puede poner en duda una lógica única, que une todos estos
"signos" y los hace emanar de su amor hacia nosotros, de ese amor
misericordioso que con el bien vence al mal, como demuestra la misma presencia
y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto que están insertos en esta
economía, los "milagros y señales" son objeto de nuestra fe en el
plan de salvación de Dios y en el misterio de la redención realizada por Cristo.
Como hecho, pertenecen a la historia evangélica, cuyos relatos son creíbles en
la misma y aún en mayor medida que los contenidos en otras obras históricas.
Está claro que el verdadero obstáculo para aceptarlos como datos ya de historia
ya de fe, radica en el prejuicio anti-sobrenatural al que nos hemos referido
antes. Es el prejuicio de quien quisiera limitar el poder de Dios o
restringirlo al orden natural de las cosas, casi como una auto-obligación de
Dios a ceñirse a sus propias leyes. Pero esta concepción choca contra la más
elemental idea filosófica y teológica de Dios, Ser infinito, subsistente y
omnipotente, que no tiene límites, si no en el no-ser y, por tanto, en el
absurdo.
Como conclusión de esta catequesis resulta espontáneo notar que esta infinitud
en el ser y en el poder es también infinitud en el amor, como demuestran los
milagros encuadrados en la economía de la Encarnación y en la Redención. Son
"signos" del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo
a su Hijo para que todo el que crea en El no perezca, generoso con nosotros
hasta la muerte. "Sic dilexit!" (Jn 3, 16) Que a un amor tan grande
no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud, traducida en testimonio
coherente de los hechos.
Audiencia general de SS Juan Pablo II el 16 de diciembre, de 1987.
1. Los "milagros y los signos" que Jesús realizaba para
confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y
estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al
milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para
que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro
mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos
de él.
Es sabido que la fe es una respuesta del hombre a la palabra de la
revelación divina. El milagro acontece en unión orgánica con esta Palabra de
Dios que se revela. Es una "señal" de su presencia y de su obra, un
signo, se puede decir, particularmente intenso. Todo esto explica de modo
suficiente el vínculo particular que existe entre los
"milagros-signos" de Cristo y la fe: vínculo tan claramente delineado
en los Evangelios.
Efectivamente, encontramos en los Evangelios una larga serie de textos
en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente indispensable y
sistemático de los milagros de Cristo. Al comienzo de esta serie es necesario
nombrar las páginas concernientes a la Madre de Cristo con su comportamiento en
Caná de Galilea, --y aún antes y sobre todo-- en el momento de la Anunciación.
Se podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante de su
adhesión a la fe, que hallará su confirmación en las palabras de Isabel durante
la Visitación: "Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se te he
dicho de parte del Señor" (Lc 1, 45).
Sí, María ha creído como ninguna otra persona, porque estaba convencida
de que "para Dios nada hay imposible" (Cfr. Lc 1, 37). Y en Caná de
Galilea su fe anticipó, en cierto sentido, la hora de la revelación de Cristo.
Por su intercesión, se cumplió aquel primer "milagro-signo", gracias
al cual los discípulos de Jesús “creyeron en él" (Jn 2, 11). Si el
Concilio Vaticano II enseña que María precede constantemente al Pueblo de Dios
por los caminos de la fe (cfr. Lumen Gentium, 58 y 63; Redentores Mater, 5-6),
podemos decir que el fundamento primero de dicha afirmación se encuentra en el
Evangelio que refiere los "milagros-signos" en María y por María en
orden a la llamada a la fe.
3. Esta llamada se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo,
que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús le dice:
"No temas, ten sólo fe". (Dice «no temas», porque algunos
desaconsejaban a Jairo ir a Jesús) (Mc 5, 36). Cuando el padre del epiléptico
pide la curación de su hijo, diciendo: "Pero si algo puedes,
ayúdanos...", Jesús le responde: "¡Si puedes! Todo es posible al que
cree". Tiene lugar entonces el hermoso acto de fe en Cristo de aquel
hombre probado: "¡Creo! Ayuda a mi incredulidad" (cfr. Mc 9, 22-24).
Recordemos, finalmente, el coloquio bien conocido de Jesús con Marta
antes de la resurrección de Lázaro:"Yo soy la resurrección y la vida...
¿Crees esto? Sí, Señor, creo..." (cfr. Jn 11, 25-27).
4. El mismo vínculo entre el "milagro-signo" y la fe se
confirma por oposición con otros hechos de signo negativo. Recordemos algunos
de ellos. En el Evangelio de Marcos leemos que Jesús de Nazaret "no pudo
hacer...ningún milagro, fuera de que a algunos pocos dolientes les impuso las
manos y los curó. El se admiraba de su incredulidad" (Mc 6, 5)6).
Conocemos las delicadas palabras con que Jesús reprendió una vez a
Pedro:"Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?". Esto sucedió cuando
Pedro, que al principio caminaba valientemente sobre las olas hacia Jesús, al
ser zarandeado por la violencia del viento, se asustó y comenzó a hundirse
(cfr. Mt 14, 29-31).
5. Jesús subraya más de una vez que los milagros que El realiza están
vinculados a la fe. "Tu fe te ha curado", dice a la mujer que padecía
hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás le había tocado
el borde de su manto, quedando sana (cfr. Mt 9, 20-22; Lc 8, 48; Mc 5, 34).
Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la
salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: "¡Hijo de
David, Jesús, ten piedad de mi!" (cfr. Mc 10, 46-52). Según Marcos:
"Anda, tu fe te ha salvado" le responde Jesús. Y Lucas precisa la
respuesta: "Ve, tu fe te ha hecho salvo" (Lc 18,42).
Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lc 17,
19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan a volver a ver, Jesús les
pregunta: "«¿Creéis que puedo yo hacer esto?». «Sí, Señor»... «Hágase en
vosotros, según vuestra fe»" (Mt 9, 28-29).
6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que
no cesaba de pedir a ayuda de Jesús para su hija "atormentada cruelmente
por un demonio". Cuando la cananea se postró delante de Jesús para
implorar su ayuda, El le respondió: "No es bueno tomar el pan de los hijos
y arrojarlo a los perrillos." (Era una referencia a la diversidad étnica
entre israelitas y Cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su
comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para
provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito
de fe y de humildad. Y dice: "Cierto, Señor, pero también los perrillos
comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores". Ante esta
respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: "¡Mujer, grande
es tu fe! Hágase contigo como tú quieres" (cfr. Mt 15, 21-28).
Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los
innumerables "cananeos" de todo tiempo, país, color y condición
social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!
7. Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de
relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe", realiza el milagro. Esto
se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un
agujero abierto en el techo (cfr. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la
observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos
presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón
de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se
dirigen a El para que los socorra con su poder divino.
8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el
milagro es un "signo" del poder y del amor de Dios que salvan al
hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada
del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a
los testigos del mismo.
Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer "signo"
realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando "creyeron en
El" (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa
de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el pre-anuncio de la
Eucaristía, el evangelista hace notar que "desde entonces muchos de sus discípulos
se retiraron y ya no le seguían", porque no estaban en condiciones de
acoger un lenguaje que les parecía demasiado "duro". Entonces Jesús
preguntó a los Doce: '¿Queréis iros vosotros también?'. Respondió Pedro:
"Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros
hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (cfr. Jn 6, 66-69).
Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con
Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro
se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde
leemos: "Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos
que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis
que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su
nombre" (Jn 20, 30-31).
Fin.
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